¿Para qué sirve el arte?
En la estrecha calle 53 oeste, entre la 5ª y 6ª Avenida en Nueva York, a mitad de cuadra, se accede al reconocido Museo de Arte Moderno. En noviembre del pasado año fue expuesta una muestra de diseño Latinoamericano que tiene como título “Creando modernidad Diseño en América Latina, 1940–1980”. El 10 de noviembre, quizás sea tiempo pasado cuando se lean estas líneas por ahora está por delante, concluirá esta exposición. Entre los objetos presentados hay un grupo que proviene desde estas tierras, y no es sólo una metáfora. Entre diversos elementos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Venezuela, se exponen un grupo de cerámicas de diseño realizadas por Colbo, la fábrica de cerámica fundada por Colette Boccara, hace más de 80 años en Mendoza. Estas cerámicas, vajillas de diseño con gres extraído de tierras locales, están expuestas en la tienda del MALBA, el museo de Constantini, desde hace tiempo. Pero volviendo a las calles de Nueva York, en la exposición también se exhibe la conocida silla W diseñada por César Jannello. Las dos referencias son nombres conocidos en el ámbito artístico de la Mendoza que transitaba los años `50.
A finales de los años 40 del siglo XX, la reciente creada Universidad
Nacional de Cuyo atrae representantes intelectuales de varios ámbitos de la
región. Es conocida la llegada de Julio Cortázar como profesor de letras. Menos
reconocidos son una gran cantidad de otras figuras provenientes de la
arquitectura, del arte y de diferentes ramas de las ciencias. Los ya
mencionados César Janello y Colette Boccara desde la arquitectura, pero también
podemos mencionar a Víctor Delhez, reconocido grabador; y el allegado a la
dupla de arquitectos Abdulio Giudici, proveniente de las artes plásticas, entre
muchos otros. Durante este periodo inicial de la Universidad pública, fue
centro de actividades que están registradas en la memoria intelectual,
mendocina y nacional. Un ejemplo significativo es el de la realización del 1er Congreso
Nacional de Filosofía de 1949. También anidó a una comunidad muy plural de
intelectuales provenientes de distintas direcciones, característica señalada
por Antonio Di Benedetto, hace un tiempo atrás.
Durante la década de 1940 en el campo artístico se abría una variante nueva,
de las líneas que ya estaban separadas desde finales del s. XIX. Desde la
Capital nacional, por aquel entonces Buenos Aires, se discutían por medio de
publicaciones de corta existencia las direcciones que tenía que tomar el arte
plástico. Una de estas, la abstracción, la tendencia más polémica para la
opinión pública de la época, incluso para el gusto contemporáneo (mejor
adaptado y no por una mayor comprensión). La discusión sobre la abstracción en
Mendoza y las nuevas ideas aproxima no solo de la forma del arte, sino también
del rol que este debería ocupar en la sociedad. Estas charlas tenían lugar en la denominada
Escuela de Verano para Maestros, creada en 1951. Se buscaba reconocer una
función "humana" que trascendiera lo meramente decorativo, aunque
este último aspecto no se desestimaba por completo. César Janello, quien
coordinaba las reuniones de esta Escuela, lideraba esta formación local que
reunía a referentes con el propósito de promover nuevas visiones en la relación
entre el arte y la industria.
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| Colette Boccara |
De esta conjunción de voluntades,
ideas y sobre todo el amparo de una institución pública y nacional surge la
fábrica de cerámicas Colbo, ocupando hoy un lugar, un escenario de la cultura en
uno de los centros más importantes de difusión del mundo. También puede leerse el derrotero de esta fábrica, y de la actualidad que tiene
como reconocimiento a la inteligencia, nacional y regional. Colbo surge de las
discusiones sobre el arte abstracto, de un problema que se planteaban las ideas
de la época. Esta fábrica de cerámica, más bien sus productos, nos representan
en un escenario donde las estadísticas, ni los índices, ni los datos
geoeconómicos tienen tanta importancia. Somos reconocidos, en la medida que
podamos administrar o reconocer esa representación, por el desarrollo de
nuestras ideas; y cómo éstas adquieren formas específicas. Este es un pasaporte
difícil de adquirir, restringido, al cual hemos tenido acceso por medio de la
inversión en un sistema que amparaba la intelligentsia nacional. Surge de
estas carreras, ¡¡¡¡cerámica!!!!, que bien podría tomarse como un hobby.
Como colofón, estamos obligados a
decir que esto no es un éxito contemporáneo. La muestra se realizó fechas próximas a la presente publicación, pero de fondo aparece el capital cultural acumulado durante décadas. El
reconocimiento de hoy, es a la acumulación de esta particular forma de capital a
la cual se extrae usufructo, una ganancia. El punto no es la ganancia extraída,
en la que intervinieron las trayectorias de varias vidas distinguidas. El problema
es que este capital cultural enfrenta la misma forma de explotación que
cualquier otro recurso “natural”, una explotación intensiva, extractivista.
Estamos agotando, también este recurso que nuestro país, y nuestra región
construyó durante todo su periodo moderno. El capital cultural que sostiene lo
poco sesudo que hoy tiene nuestra sociedad corre riesgo de extinguirse. No es
una catástrofe natural, nadie va a dejar de respirar, pero en el caso que
suceda, no nos daremos cuenta si aquello era importante para la vida.
Andrés Collado, abril 2025





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