Relación.
Relación.
I
Orígenes etimológicos de
interés para la comprensión de su alcance conceptual
En
los estudios de comunicación el término relación
tiene un lugar singular, su uso es tan habitual como diverso. En primer lugar, recuperemos
su significado a partir del origen etimológico de la palabra comunicación. Del latín, proviene del
término comunicare que significa
compartir, poner en común. Evidentemente para que algo pueda ser compartido es
necesario el vínculo entre las personas. Este origen etimológico latino de la
palabra comunicación resulta interesante como concepto cultural: la común unión
que supone estar relacionado (compartir, comunicarnos) no es pasar nada de uno
a otro. Estrictamente aquí, hay una sustantiva diferencia con la información,
entendida como dato susceptible de ser transmitido. Escribe Schmucler al
respecto: “La idea de poner en común, no es que todo sepamos lo mismo, sino que
todos vivamos lo mismo; no que todos somos poseedores, sino que nadie es
poseedor en la medida en que algo es de todos”[1].
Es
decir que el término relación explica
el significado de la palabra comunicación y le otorga un carácter ontológico,
en la medida en que define una manera de ser en el mundo: somos con los otros. De
esta manera, evidencia un fenómeno vivido por los seres humanos, exclusivamente
por ellos, aludiendo a la manera de ser en el mundo con los demás. “No es
concebido el ser humano si no es en relación a otro. Pero en esta relación no
se pierde el ser humano sino que se genera el ser humano”[2].
Otra
perspectiva etimológica interesante para comprender el alcance del término relación, es la acepción latina de la
palabra religión: religare. Religio viene del verbo religare que alude a la idea de volver a
unir (re-ligare). Esta acepción refiere entonces a la forma de la relación
divina, desde el punto de vista de la tradición occidental y cristiana. Aquí,
la posibilidad de significación interesa en la medida en que relación puede ser entendida como “atar”
o “amarrar una cosa a otra”.
II Perspectiva sistémica
La categoría de relación como
crítica al logocentrismo
Desde
las teorías de la comunicación, los intelectuales de la denominada Escuela de
Palo Alto son quienes reubicaron al término relación
en un lugar sustantivo. Daniel Bougnoux, uno de sus principales referentes,
publicó en el 2005 Introducción a las
ciencias de la comunicación. Esta
obra, escenario teórico donde la categoría referida despliega toda su
potencialidad, se construye sobre la crítica, al menos en dos planos
fundamentales: sobre la crítica al logocentrismo y sobre la crítica al
egocentrismo. Ambos planos son fundamentales para comprender que el fin de la
modernidad es el debate teórico en el que enmarcar el significado contemporáneo
del término relación.
Veamos
de qué manera esta categoría emerge sobre la crítica al logocentrismo. Podríamos
decir que el hecho de reubicarla en el centro del debate supone comprender en
primer lugar que los signos lingüísticos pierden autonomía y empiezan a
participar de una orquesta de significados:
el del lenguaje corporal de los gestos y posturas, la entonación, las formas de
la expresión oral, la imagen.
En
este sentido, afirma Bougnoux: “Desde la fotografía hasta el video, el
surgimiento de otros soportes visuales de la memoria, de la información o del
testimonio, corroyó la trascendencia que se le había otorgado a las palabras, a
favor de una orquesta semiótica más amplia o que se corresponde más a nuestros
intercambios cotidianos”[3]. La
comprensión de esta orquestación de
significados, capaces de dar forma a una situación comunicativa, necesita
indefectiblemente de la concreción del vínculo, de la relación, para llevarse a
cabo. En este sentido, se evidencia entonces la importancia de la categoría
para la comprensión de la producción de sentidos en la sociedad.
Podemos
precisar que esta concepción del acto de comunicación como momento orquestal, tomó
cierta difusión para los estudios de comunicación desde fines de los ’50 y
hacia la década del ’60, de la mano de Bateson, Birdwhistell o Hall, investigadores
norteamericanos que propusieron un modelo comunicacional que intentó poner en
cuestión la representación mecánica E-R (emisor-receptor), especialmente la del
modelo telegráfico propuesto por Shannon[4].
De esta manera, la figura de la orquesta
pretende no sólo dar cuenta de los elementos constitutivos que hacen a la
producción y comprensión de un mensaje sino a los modos de producción y
comprensión de las prácticas culturales en general. Es decir, por un lado, la figura
de la orquesta apunta más bien a
representar la dimensión social que ubica a los vínculos o relaciones
interpersonales como constitutivos del propio acto de poner en común. Por otro
lado, esta misma figura permite concebir fenómenos culturales como sistemas de
mensajes o signos[5].
Podríamos
decir entonces que la perspectiva aportada por los intelectuales de la
denominada Universidad invisible,
propone comprender que una práctica cultural (la producción y/o comprensión de
un mensaje, por ejemplo) no depende tanto de la naturaleza psicológica de los
individuos sino antes bien de los sistemas en los que se inserta dicha
práctica: las interacciones, la familia, las instituciones, los grupos, la
sociedad[6].
La categoría de relación como
crítica al egocentrismo
Pero
la categoría teórica que estamos aquí abordando no solamente se construye en
base a la crítica al logocentrismo, sino también sobre la crítica a la
centralidad del Ego dominante en la tradición filosófica y que favoreció una
concepción individualista del conocimiento.
En
este sentido, la perspectiva propuesta por la denominada Escuela de Palo Alto
tiene como base epistemológica el supuesto de que son la intersubjetividad y la
comunidad instituida (ya sea la familia, ya sea la sociedad) las que son
capaces de engendrar el sujeto o un Yo dotado de una identidad[7].
Desde esta perspectiva, se establece entonces que la condición de ser con los otros es una condición de
existencia humana. En palabras de Bougnoux: “Existir es estar relacionado”[8].
Aquella
crítica al logocentrismo que hemos referido anteriormente debe pensarse
estrechamente vinculada con la crítica al egocentrismo a la que estamos
refiriendo ahora. Es desde aquella que esta perspectiva establece que los
mensajes compartidos no pueden reducirse al lenguaje. Esta concepción implica
la necesaria diferencia entre CONTENIDO y RELACIÓN. El primero refiere al
dato/información que se comparte y el segundo término al vínculo construido
entre quienes intervienen del acto de comunicar. Lo cierto es que, para este
abordaje, es fundamental comprender que es la RELACIÓN la que encierra o
engloba al CONTENIDO y no al revés. Es decir, para estos autores puede haber
relación sin información pero nunca a la inversa. No toda relación supone
transmisión de información pero para compartirla necesariamente se requiere del
vínculo como condición de posibilidad.
La
comprensión de un mensaje entonces, supone la necesidad de reconstruir el marco
en el que ese mensaje entra, en qué tipo de relaciones se inscribe. A tal punto
que, reconocer este marco de
interpretación del mensaje (o reconstrucción de la orquesta semiótica) es condición elemental de percepción del mismo.
Dicho esto, se nos presenta una equivalencia sustantiva: la relación en la que
se comparte un mensaje es el marco de interpretación del mismo. Relación o
Marco, funcionan en la línea argumental de estos autores como sinónimos.
Expresado de una u otra manera, importa tener en cuenta que siempre es anterior
al contenido. Y no sólo opera como un a
priori sino además rige como principio orientador de las interpretaciones
posibles.
La
pregunta que guía la interpretación de un mensaje (¿en qué marco o relación se
inscribe ese mensaje?) evidencia para estos autores que el mundo de las
relaciones es poco visible, en la medida en que esos vínculos se nos presentan
como naturalizados. Por ello, desde esta mirada comunicarse supone al menos dos
niveles de emisión y recepción: los mensajes “marco” y los mensajes “de
información o contenido”.
La
composición conformada por la RELACIÓN y el CONTENIDO, siguiendo el concepto orquestal batesoniano constituyen la metacomunicación, compuesto de elementos
verbales, visuales y comportamentales. Nuestros enunciados están acompañados
por señales suprasegmentales
(postura, mímica, entonación) que orientan cómo interpretar ese enunciado[9].
Sólo entonces, que hemos desarrollado la metáfora de la orquesta, podemos
entender en qué sentido Bougnoux retoma la célebre frase batesoneana: comunicarse es entrar en la orquesta.
III La perspectiva
materialista-histórica
Es
frecuente, desde esta perspectiva, la alusión a las relaciones sociales. Desde este prisma, resulta indispensable
repensar la categoría de relación a partir del concepto filosófico del trabajo,
concepto fundamental para interpretar qué vamos a entender aquí por relación
(social). Ya Marx había definido que al sistema capitalista como un sistema de
relaciones sociales específicas, históricamente hablando, determinadas por la
lógica del dominio.
En
la Ontología
del ser social, Lukács ubica al lenguaje como elemento determinante en la
construcción de lo existente junto al trabajo. No sería entonces posible, desde
su perspectiva, pensar lo social por fuera del vínculo que genera el
lenguaje.
El
trabajo y el lenguaje son definidos por Lukács como formas básicas o fundamento
de la vida humana específica que, en muchos aspectos, portan el carácter de objetivaciones[10].
Constituyen por tanto, las bases fundamentales del principio de hominización
que definen la praxis vital. Es desde
esta perspectiva de análisis que podemos comprender que el trabajo, el
lenguaje, la cooperación y la división del trabajo son categorías de una
articulación indisoluble[11].
“Del
trabajo surgen el lenguaje como necesidad de comunicación entre los seres humanos
que participan a su vez, del proceso productivo, o –en los orígenes- de la partida de caza. Del trabajo nace,
asimismo, el valor, desde el momento que pueden resultar útiles, en cuanto se
los transforma en instrumentos de trabajo”[12]. La
comunicación aparece entonces como fundamento de existencia, ya desde los
primeros gestos humanos, en las primeras elecciones para la reproducción de la propia
vida.
Esta
relación con sus pares es la
manifestación concreta de que el ser humano es con los otros, pertenece a un
género humano en el que la experiencia del mundo puede ser compartida con los
demás, es decir, puesta en común. En el sentido etimológico del término comunicacional,
como hemos señalado en páginas precedentes, puede ser entendida como creadora
de comunidad.
Es
el trabajo, desde la perspectiva lukácsiana, donde el ser humano hace con los
otros y para los otros y ello indica la necesidad fundante del vínculo como
mediación necesaria para que este se lleve a cabo. En sus palabras, se trata del
ese ser-para-nosotros y cuyo producto está dispuesto a cumplir
funciones sociales[13].
La
relación entonces, como mediación fundante del ejercicio de todo hacer
históricamente determinado –al menos por
un saber que es siempre social y que se objetiva en las herramientas-, define
además el fin teleológico de toda praxis humana.
Escribe
Lukács: “… Así como para el trabajo mismo, el saber concreto sobre los procesos
naturales en cuestión era inevitable, a fin de realizar con éxito el
intercambio material entre la sociedad y
la naturaleza, así también resulta, aquí, imprescindible un cierto saber de la
constitución de los hombres, de sus relaciones mutuas personales y sociales, a
fin de conducirlos a realizar sus posiciones teleológicas deseadas”[14].
Consecuentemente,
el lenguaje como mediación comunicacional fundamental para la praxis explicado
en el proceso ontológico que desarrolla Lukács, está estrechamente vinculado
con el ejercicio del recuerdo. Son las relaciones sociales cooperativas, esos
vínculos en el que se pone en común el conocimiento necesario para la
conservación y perfeccionamiento de las herramientas, donde se lleva a cabo la
tarea de la conmemoración –es decir
de llamar a la memoria, en el
ejercicio mismo del comunicar, los sucesos del pasado al tiempo presente-.
Resulta
útil señalar que esta concepción de las relaciones entre individuos en las que
está pensando Lukács son interpretadas, desde una mirada no marxista, por el
intelectual Edward Said como relaciones de afiliación. Este autor, nos aporta
quizás una acepción más del concepto de relación que hemos intentado analizar
en este escrito. Said interpreta que en nuestra manera de ser con los demás en
el mundo, establecemos al menos dos tipos de vínculos o relaciones sociales:
las relaciones de filiación y las de afiliación. Las primeras, refieren a los
lazos que se establecen biológicamente. Se trata de los vínculos sanguíneos,
familiares que tienen la característica fundamental de reinstaurar los
vestigios del pasado: es decir, la tradición. Escribe Said: “El proceso de representación
mediante el cual se reproduce la filiación en la estructura afiliativa […]
refuerza lo conocido en detrimento de lo por conocer”[15].
En
este sentido, para Said, las relaciones filiales son aquellas que se
manifiestan mediante lazos y formas de autoridad en apariencia “naturales” como
el respeto, la obediencia, el amor. Estas formas de vinculación social se nos
presentan como parte de la vida.
Sin
embargo, para Said los vínculos que establecemos en nuestra vida cotidiana no
se agotan evidentemente en las relaciones filiales o familiares, sino que en
nuestra experiencia del mundo vamos estableciendo necesariamente otras
relaciones: las de afiliación. Por ellas, entenderá a las relaciones o vínculos
que establecemos por elección, no ya sujetos a un mandato biológico
predeterminado[16].
De esta manera, a diferencia de las relaciones filiales, en estos vínculos que
elegimos nos volvemos parte de una comunidad (otra, respecto de la familiar):
un partido político, una institución, una cultura, una visión de mundo o un
conjunto de creencias[17].
En
estos vínculos, como en nuestras relaciones familiares, también hay una
autoridad que se restituye. Habíamos señalado que en el caso de las relaciones
de parentesco la autoridad restituida es la tradición. En el caso de las
relaciones políticas (de afiliación), la autoridad que rige estos vínculos es
definida por la comunidad a la que uno empieza a pertenecer: ese nuevo espacio
de puesta en común, estrictamente la pertenencia a él, resulta incluso más importante que sí mismo
para el individuo que la integra. La
forma que toman esos lazos, ya no son mediante forma de autoridad en apariencia
naturales (como el respeto de los hijos hacia los padres) sino mediante lazos
que Said define como transpersonales:
es decir, vínculos basados en el consenso, las necesidades de clase y la
posición de la comunidad respecto de los intereses e la hegemonía de una
cultura dominante. Por tanto, son relaciones que se desarrollan no en el orden
de la “vida” (naturalizada, el mundo de la familia) sino en el orden de la
cultura y de la sociedad.
IV Actualidad de la relación:
el contacto
Sin
embargo, la historia del desarrollo del capital ha generado que estas formas de
relación/comunicación se hayan ido instrumentalizando de tal manera que –en términos comunicacionales- no podríamos
caracterizar hoy lo social a partir de relaciones
sino de meros contactos. Sin duda, el desarrollo irracionalmente racionalizado
del consumo de nuevas tecnologías expande esta problemática. Sino, al menos,
las reconfigura en formas de lazos
determinados por la puesta en conexión
(ya no por la “puesta en común”) al sistema, a partir de la mera puesta en
contacto de los sentidos entre unos y otros: la complejización del soporte de
la telefonía celular y sus posibilidades da cuenta de ello.
Bernard
Stiegler nos dará pistas para comprender que el desarrollo del capital ha
necesitado del desarrollo de las industrias de la información sostenidas en
todo el desarrollo tecnológico -antes analógico y hoy digital- obligando a la
sociedad a la mera adaptación pasiva o a la permeabilización de estos cambios.
Escribe Stiegler: “De ello resulta el verdadero concepto de información en el
sentido moderno: es un valor mercantil que estoy dispuesto a comprar en la
medida que me permita orientarme en una
sociedad en cambio perpetuo, consagrada al
interés bajo todas sus formas y cuyo valor es siempre efímero”[18].
Aquella
forma de lo social expresada en términos relacionales como mediación fundamental
para que el trabajo sea posible que desarrolló Lukács en la Ontología,
posibilitaba el intercambio de saberes o conocimientos –conservados
históricamente en las herramientas del
trabajo y en su perfeccionamiento a lo largo del tiempo- sin los cuales la sociedad no podría ser pensada. El desarrollo
del capital, al reconfigurar las relaciones en meros contactos ha provocado,
además, que aquellos saberes se
mercantilicen en mero dato (información) que ha adquirido en el proceso
histórico las características de una mercancía más. Stiegler, la define como tal en tanto: “es información en
la medida en que no todo el mundo la posee; porque puede ser objeto de una
transacción y porque establece su valor en correlación con su tiempo y su
espacio de difusión: se devalúa en la medida en que se expande”[19].
De
este análisis el propio Stiegler nos permite comprender que un sistema social
basado en estos contactos efímeros y no ya en relaciones sociales complejas no
soporta la densidad (producción, circulación y acceso) del conocimiento sino
que se construye a partir de una
estricta selección y difusión de
acontecimientos mercantilizados: las noticias. De ello
resulta, escribirá Stiegler, “…una verdadera industrialización del presente: efectivamente
un acontecimiento no tiene lugar, no accede al rango de acontecimiento, si no
es „cubierto‟; incluso si no puede
ser reducido a ese puro artificio, el
tiempo es siempre al menos coproducido por los medios”[20].
Industrializado el ahora-ya mismo, no hay conmemoración posible de un
tiempo otro, de ese tiempo del recuerdo, que es la propia historia.
Héctor
Schumucler en Memoria de la comunicación
hace una significativa referencia al breve escrito de Benjamin
“Desenterrar y recordar” en el que la memoria es entendida como medio de lo
vivido más que como instrumento para la
exploración del pasado. A partir de aquí,
podríamos decir que el desafío contemporáneo pase entonces por
desenterrar en lo mediáticamente visible las contradicciones sociales de
nuestras relaciones que, bajo la lógica del dominio, todavía hoy están tan a la
vista que no se ven, casi como una metáfora de aquella Carta robada de Edgar
Allan Poe.
Quizás
se trate entonces, al decir de
Schmucler, de superar “una comunicación sin materialidad y una memoria
desencarnada al servicio de un solo ideal, el mercado, convertido al mismo
tiempo, en raíz de todo pensamiento”[21].
Mariana Ortiz (2013)
Bibliografía citada
BATESON-BIRDWHISTELL-HALL
y otros. La nueva comunicación (1980).
Barcelona, Editorial Kairós, 3ra. Edición, 1990. Trad. Jorge Fibla.
BOUGNOUX, D. Introducción a las Ciencias de la Comunicación. Buenos Aires, Nueva
Visión, 2005.
LUKÁCS,
G. Ontología del ser social. El trabajo. Buenos Aires, Editorial Herramienta,
2004.
SAID, E. El
mundo, el texto y el crítico, Buenos Aires, Editorial Debate, 2004
SCHMUCLER, H. “¿Qué decimos cuando hablamos de
comunicación?” (desgrabado). Ciclo de conferencias: Taller de comunicación
alternativa, Universidad Nacional de Córdoba, 1998.
STIEGLER,
B. “Qué clase de cosa es la información” En: BOUGNOUX, D. (comp.) Crisis de la
información. Problemas políticos y sociales, La documentación francesa, París,
1994. Trad. Omar Gais.
[1]Schmucler, H. “¿Qué decimos cuando hablamos de
comunicación?” (desgrabado). Ciclo de conferencias: Taller de comunicación
alternativa, Universidad Nacional de Córdoba, 1998.
[2] Ibídem.
[3] BOUGNOUX, D. Introducción a las Ciencias de la
Comunicación. Buenos Aires, Nueva Visión, 2005, p. 8.
[4] Decimos que toma, de
la mano de estos autores, cierta relevancia porque tampoco podría afirmarse que
a ellos les pertenece la figura de la orquesta. Otros, ya habían previamente
referido a ella. Entre otros: Saussure, Levi- Strauss. Podría mencionarse además,
Katz y Postal, entre otros.
[5]Nos parece interesante tener en cuenta que Bateson es biólogo y
antropólogo. En la década del ’40, viajó a California para unirse a la Escuela
de Palo Alto. Es conocido en el campo comunicacional como creador del concepto
“metacomunicación” u “orquesta semiótica” que estamos refiriendo en este
escrito. BATESON-BIRDWHISTELL-HALL y otros. La
nueva comunicación (1980). Barcelona, Editorial Kairós, 3ra. Edición, 1990.
Trad. Jorge Fibla.
[6] Ídem.
[7] BOUGNOUX, D. Op. Cit.
[8] Idem, p. 23.
[9] Idem.
[10] INFRANCA, A. – VEDDA,
M. Introducción a LUKÁCS, G. Ontología
del ser social. El trabajo. Buenos Aires, Editorial Herramienta, Buenos
Aires, 2004.
[11] LUKÁCS, G. Ontología del ser social. El trabajo.
Buenos Aires, Editorial Herramienta, Buenos Aires, 2004, p. 55.
[12] INFRANCA, A. – VEDDA,
M. Op. Cit. P. 21.
[13] LUKÁCS, G. “Los fundamentos
ontológicos del pensamiento y de la
acción humanos”. En: Ontología del ser social. El trabajo. Buenos Aires,
Editorial Herramienta, 2004, P. 41.
[14] Idem, p. 44.
[15] SAID, E. El mundo, el texto y el crítico, Buenos
Aires, Editorial Debate, 2004, p. 38.
[16] Las reflexiones de
Lukács en torno a las formas de vinculación entre el individuo y el partido
político es el disparador desde donde Said indagará acerca de esta
diferenciación en nuestro modo de establecer relaciones en el mundo.
[17] Ibidem, p. 34.
[18] STIEGLER, B. “Qué clase de cosa es la información” En: BOUGNOUX,
D. (comp.) Crisis de la información. Problemas políticos y sociales, La
documentación francesa, París, 1994. Trad. Omar Gais.
[19] Idem.
[20] Idem.
[21] SCHMUCLER, H. Memoria de la comunicación. Buenos Aires, editorial
Biblos, 1997, p. 14.




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