Adolescencia, la frustración masculina está acá desde hace tiempo




Mujer golpeando a su marido, grabado.
Alberto Durero, S. XVI
La repercusión de la serie inglesa Adolescencia generó una corrida de opiniones sobre los temas que presenta la historia. Portales, medios, conversaciones cotidianas levantan polvo sobre los adolescentes, las redes sociales, la escuela, la violencia juvenil, la familia y otros temas que convocan el interés sobre un presente en cambio vertiginoso. De todo esto, y de más cosas, trata la serie y lo expone de una manera realmente impecable, en fusión entre lo artístico e ideas para nada ligeras. Para no repetir lo mucho y bueno que se dice sobre este trabajo, las siguientes líneas van de un tópico que se escurre en cada uno de sus momentos, la frustración masculina.

A finales de los años ´90, culminando el siglo XX, la globalización ocupaba los espacios de debates políticos, y junto con el fin de las ideologías finalmente llegamos a habitar “un solo mundo” gestionado por entes, convenios y acuerdos transnacionales. Sin embargo, en el interior de las sociedades pasaban cosas. Las instituciones que habían acompañado la fundamentación de naciones modernas, en muchos de sus aspectos conservadoras y patriarcales, veían diluirse sus capacidades de disciplinar, de educar a sus ciudadanos para ser varones o mujeres correctos, útiles. En aquella época finisecular comenzaban por fin a permear en las distintas capas de la sociedad, nuevos planteos promovidos por los cambios de costumbres de finales de los años ´50. La sociedad de consumo junto a la identidad de una juventud “rebelde”, lentamente comenzaban a diluir las firmes normas que provenían de una organización basada en la familia hetero parental. Las expresiones culturales como el rock, la moda, nuevas identidades juveniles como expresiones legítimas daban muestra de una vida pública nueva. La política, o estrellas de la música, la moda o el cine; documentan las debilidades del atraso de las instituciones organizadoras de la moral, las conductas y el trabajo (atención a este último). También redefinían fuertemente, aunque no se entendía así, las representaciones públicas del género, las chicas comenzaban a usar pantalones, y los chicos no se veían igual a sus padres como obreros industriales; usaban el pelo largo, ropas holgadas con estampados de flores. La idea de familia como espacio preferencial de la sexualidad (reproductiva casi con exclusividad) era jaqueada frente a expresiones como la de “amor libre” del movimiento Flower power. Todas estas manifestaciones emergentes no fueron dominantes, no ganaron la batalla cultural de su momento. Fueron expresiones críticas a una sociedad en la cual todavía se reconocían los rasgos heredaros de los tiempos coloniales o feudales, basados en la autoridad de los lazos de familia, la propiedad de la tierra y la herencia.

El final de siglo XX llega con una mezcla de deconstrucción de las ideas fuerzas que movilizaron los últimos 200 años, desde la Revolución Francesa para poner un punto de referencia entre el capricho y la historia. Los estados nacionales perdían potencia frente a la globalización, se abría una nueva etapa del comercio y del capitalismo mismo, donde surgen como figuras centrales las corporaciones y las altas tecnologías. Justo, justo en este punto, en 1999 antes de cambiar de milenio y ante la amenaza del Y2K (nunca sucedido) algunas películas tímidamente mostraban como la frustración masculina iba decantando en nuevas identidades. Sólo dos como ejemplos.

Magnolia, un relato coral de historias que se cruzan, presenta uno de sus personajes encarnado por Tom Cruise, a T. J. Mackay. Un speaker dedicado a dar seminarios sobre como conquistar mujeres a un grupo de varones, desorientados y sin entender por qué el “sexo opuesto” no encuentra en ellos la seguridad de un proveedor (un pobre proveedor).  T. J. Mackay es un showman, un personaje excéntrico, en apariencia seguro de sí mismo que aprovecha esta seguridad para sacar dinero a un grupo de hombres que no pueden conquistar a una mujer, o convencerla de quedarse a su lado. El personaje extrovertido, con un machismo casi inocente, centra su speach en el respeto de su “the cock” (siempre en gesto de señalar su entrepierna en un movimiento de manos que culmina en un golpe frontal de cadera). Trata a las mujeres como presas que tienen que reconocer el dominio del “the cock”. Obviamente la referencia al falo centrismo freudiano del personaje es parte del atractivo del mismo, en una excelente representación de Cruise.  El personaje en esa época parecía una rareza artística de Paul Anderson (el director del film). Sin embargo, buceando en internet uno encuentra que T. J Mackay interpretado por Tom Cruise está inspirado en Ross Jeffries un escritor real que adquiere reconocimiento con la edición de libros de cómo seducir chicas. Pero lo más importante es (copiado directamente de Wikipedia) “Ross fue la primera persona en crear un negocio alrededor de los productos de la seducción e impartir seminarios. Se le considera el fundador de la comunidad de seducción”.


En los inicios de los ´90, el machismo que promueve la comunidad de seducción, apunta a construir una figura de la mujer como presa de un lobo cazador, el planteo se encuentra entre la persuasión y la manipulación psicológica (se supone que usan herramientas neurolingüísticas para llegar al objetivo de “conquistar” a una mujer). Este punto no es anecdótico, es importante diferenciarlo de las expresiones que atacan de forma directa y agresiva sobre todo al sexo femenino que defiende los derechos a la decisión sobre sus cuerpos, vidas y conductas.

El club de la pelea también estrenada en 1999, dirigida por David Fincher y basada en la novela Pursuit of Happiness (1995) del escritor Chuck Palahniuk, es otro ejemplo de cómo la masculinidad intenta restituir un sentido en un mundo que está por destruirse. Resulta que el escritor de la novela, un trabajador “independiente” toma inspiración para escribir la novela en relatos reales sobre hombres que organizaban luchas clandestinas, cuerpo a cuerpo, mientras trabajaba para una compañía de transportes de carga. Este film es otro clásico, de un género que podríamos definir como trash-psi o bourning-psi, gente quemada de la cabeza que adquieren conductas y costumbres insólitas, incluso criminales. Este grupo de narrativas (algunos hoy dirían “lore”), trata de las muchas formas que puede mostrarse el quiebre del equilibrio psicológico en personas expuestas a un ambiente que roza la actualidad (guiño-guiño).

El personaje de Brad Pitt, Tyler Durden, alter ego de un oficinista perseguido por el consumo de catálogos impresos (¡¡¡qué antigüedad!!!), es un vendedor de jabones. Viaja en aviones como un empresario y habita un domicilio ocupado como un marginal. Tyler es un seductor natural, los personajes femeninos en el film se sienten atraídas hacia él de manera casi nativa, obviamente detrás de la figura de Brad Pittt con imagen de ganador, en un excelente estado físico y con una personalidad que muestra una seguridad que disimula cualquier comportamiento absurdo o soez. Más allá de las tres reglas de “El club”, que en definitiva es una y no la vamos a repetir, Durden tiene una intervención frente a los miembros del club. Un conjunto de hombres vario pinto físicamente, pero todos trabajadores, frustrados, aburridos, encolerizados y reprimidos. Durden presenta un monólogo que da las pistas de por qué llegan a ese lugar, no como un gurú separado del resto sino como un varón iluminado, un tipo común que de alguna manera se le reveló el motivo de esta condición que les pesa y necesitan canalizarla a través de golpes de puño y lesiones de mediana gravedad sobre sus propios cuerpos. 

"Veo mucho potencial, pero está desperdiciado. Toda una generación trabajando en gasolineras, sirviendo mesas, o siendo esclavos oficinistas. La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos, no hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seríamos millonarios, dioses del cine, o estrellas del rock. Pero no lo seremos, y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy enojados". Tyler Durden.

En estas líneas resume toda una época. Resume y la despide. Antes de las redes sociales y de lo vertiginoso que comenzaría el siglo XXI, (la crisis del 2001 y la explosión del modelo neoliberal, las crisis de las subprime en 2008, invasión injustificada y vergonzosa a Irak, WkiLiks y Assange, solo para marcar algunos de los hitos con los que vamos a lidiar) los varones de Durden, estaban frustrados y aburridos, con trabajos indeseados y sin perspectiva de salir de una rutina que los dejaba estancados en vidas que tenían un final ya escrito, sin ascenso social y solos (losers, bellos perdedores). Pocos análisis repararon en el final. El mediocre se queda con la chica, que de arranque no es ninguna princesa, Marla, en una actuación increíble de Helena Bonham Carter. La pareja, tomados de la mano y de espalda a la cámara, ve como un conjunto de rascacielos se desmoronan. Resulta que un grupo de la pandilla de varones aburridos había organizado un conjunto de atentados para destruir los edificios del sistema financiero de EEUU. Un guiño, una ligera muestra de quien era el enemigo oculto detrás de tanta frustración masculina. Dos años después el World Trade Center, un centro financiero con dos torres impresionantes caerían tras los atentados conocidos. Ni justicia, ni poesía, solo más barbarie.

La frustración masculina en el siglo XXI.

Algunos años antes del COVID y de los aislamientos obligatorios el canal 4 de Inglaterra llevó a la pantalla con actores reales (live action) en 2018 un comic con relativo éxito, The end of the fu**ing world. Menos celebrado que la reciente puesta en pantallas de plataformas Adolescencia, The end… es la historia también de un varón algo desorientado de 17 años que cree ser un psicópata. Para llevar adelante lo que intuye ser su destino, elije como una hipotética víctima, a una compañera de su escuela que termina siendo la cabecilla del dúo en una historia donde en el fondo se deslizan dos paternidades. La del padre de James, el personaje masculino. Viven solos, el progenitor, un trabajador promedio con ideas bastantes anticuadas haciendo lo que puede para mantener su casa y su hijo adolescente al que no entiende. Hay cariño, y contención, en las formas que había entendido esos sentimientos un trabajador promedio con muy bajas posibilidades de comprender un mundo, el cual no es ni parecido a aquel en el que él fue joven y rebelde.

En la otra esquina, la del padre de Alyssa que durante el recorrido de las aventuras solo lo conocemos por las referencias del personaje, afectuoso, comprensivo, al parecer “más moderno”. Claro que el personaje femenino ha idealizado una figura que en ausencia fue construido con expectativas personales. En The end… la sexualidad adolescente es mostrada de manera particular. La pareja protagonista tiene acercamientos, sin embargo, las dudas, las inseguridades y también la falta de un contexto que les sea seguro no consuman. Sienten atracción, pero siguen teniendo miedos frente al sexo, propio y del otro. El sexo en esta serie refleja lo que algunas estadísticas afirman. En la página de ChartBin podemos ver que en Inglaterra, como en otros países desarrollados, la iniciación sexual de los jóvenes comienza cerca de los 18 años. En Latinoamérica se producen en edades más bajas. En la narración de esta historia las redes sociales, internet y demás artilugios tecnológicos no movilizan ninguna conducta, ninguna acción o decisión, solo son dos chicos que intentan huir del aburrimiento, y de los desequilibrios del mundo de los adultos.



A lo largo de la historia del cine, el documental se ha erigido como un formato fiable para documentar la verdad. Sin embargo, muchos documentales son películas de propaganda disfrazadas, y La Píldora Roja (2016) es uno de ellos. En lugar de presentar una perspectiva equilibrada sobre las políticas de género que subyacen al movimiento de Activistas por los Derechos de los Hombres (MRA), la película es un vehículo para promover las opiniones de este movimiento. (CineMuseFilms)
A lo largo de la historia del cine, el documental se ha erigido como un formato fiable para documentar la verdad. Sin embargo, muchos documentales son películas de propaganda disfrazadas, y La Píldora Roja (2016) es uno de ellos. En lugar de presentar una perspectiva equilibrada sobre las políticas de género que subyacen al movimiento de Activistas por los Derechos de los Hombres (MRA), la película es un vehículo para promover las opiniones de este movimiento. (CineMuseFilms)



Durante este 2025 y en pocas semanas como suele suceder con el éxito contemporáneo (tan inmediato como fugaz) la serie Adolescencia conmovió no solo a los espectadores de las plataformas, sino a todo el ecosistema de medios digitales y masivos.
La historia sigue a Jeremy, un chico de 13 años que, usando Instagram como puerta de acceso a una identidad digital, se adentra en la manosfera o castellanizado como machósfera, “esfera de machos”. Informado por este micro universo y víctima de burlas, decide matar a una compañera, al parecer no era de su gusto, pero le atraía, y esto es una clave de la identidad del personaje, su inseguridad, su indeterminación. Jeremy es un adolescente que está entre arranques de ira infantil y percepciones de adultos que no puede manejar frente a las preguntas de una psicóloga inmutable a su comportamiento. Inmutable, pero no inmune. El capítulo de referencia, un desafío actoral de Owen Cooper (¡¡¡debuta en este rol!!!!) y Erin Doherty en la figura de la psicóloga, el personaje del adolescente pendula entre la inocencia y vulnerabilidad hasta el enojo y la furia, sentimientos contradictorios de la subjetividad de Jeremy. La empatía que nos genera el personaje es justo por esta dinámica de su carácter, de mostrarse vulnerable aun conociendo que es el autor de un asesinato.   

Durante la investigación de los hechos, en un capítulo donde la reflexión retrata la institución escolar, los detectives se “enteran” de que los motivos de la conducta de Jeremy provienen de internet, en los chats, Instagram y la subcultura digital de la manosfera. Este ecosistema de contenidos digitales se encuentra compuesto por múltiples subculturas: artistas del ligue (comunidad de seducción), hombres víctimas de abuso, defensores de los derechos del padre, los Hombres Que Siguen Su Propio Camino, activistas de los Derechos del Hombre. Todo este contenido no promueve estrictamente misoginia, contiene una mixtura de consejos sencillos a problemas más complejos con mensajes de autoayuda, de superación personal, contenidos fitness y adopción de actitudes “ganadoras” (comenzar el día con duchas frías a las 5 de la mañana con un desayuno “sano”), asesoramiento financiero (ser autosuficiente sin depender de un empleador o un trabajo) usando YouTube, Twitch, TikTok, Reddit o 4Chan. En una nota escrita por Eva Wiseman en The Guardian, de donde salen estos datos aporta que “Una de las comunidades más exitosas de la manosfera es Red Pill (píldora roja) de Reddit. Tiene casi 53.000 suscriptores que creen que las mujeres están diseñadas únicamente para el sexo y la preparación de sándwiches.”

De todas estas representaciones de la masculinidad, los activistas de los derechos del hombre tienen una historia unida al feminismo, en la década de los años ´70 coincidiendo con la segunda ola del movimiento. El estadounidense Warren Farrell fue la voz destacada del Movimiento de Liberación de los Hombres, una organización feminista masculina, y sostenía que el patriarcado perjudicaba tanto a las mujeres como a los hombres. Estos dos movimientos dividieron sus caminos luego de que los estudios feministas comenzaron a registrar los altos números de la violencia masculina sobre las mujeres. En la década de los ´90 Farrel cruza de vereda, y comienza a publicar trabajos culpando a las mujeres sobre la desigualdad salarial. Un tema aparte de este punto es la misandria o misoandria, la aversión a los hombres o a todo lo que represente “lo masculino”, que no aparece como contenido de la manosfera, o al menos como problema. 

El capítulo final de Adolescencia se concentra en el padre, Eddie Miller. Un año después del hecho intenta celebrar su 50º cumpleaños con Jeremy, detenido y en espera del juicio. Eddie es la cabeza de una familia tradicional, de cuatro miembros, una rareza en los tiempos actuales. Las críticas a la serie, no muchas, apuntan al padre, quien en la narración sostiene la línea argumental. Lo interesante de las críticas es que coinciden en la figura, dos corrientes polarizadas; por un lado, es un violento reprimido, promotor del éxito por medio de la superioridad física (Eddie Miller a diferencia de su hijo va al gimnasio, se lo ve robusto, mientras que Jeremy es desgarbado). Desde el otro carril apuntan a la inverosímil que resulta la construcción del personaje, tan afectado emocionalmente cuando un jefe de familia no se comportaría de esa forma. Publicada en Wired una entrevista a Jack Thorne, uno de los autores de la serie (el otro es el mismo Stephen Graham, quien toma el rol de Eddie Miller), respondía: "Me atacaron porque pareciera que tengo 'demasiado estrógeno en mi sistema' o que ‘no parezco lo suficientemente hombre'". Pero asegura que no le molesta. Todo lo contrario. Para Thorne “La masculinidad es un espectro, todo es un espectro, y no necesitas ajustarte a un extremo. Hay otras formas de hacer las cosas, y yo estoy muy preparado para esa conversación"

En lo que pocos reparan, es que Eddie es un trabajador, como todos los varones de esta nota. Un obrero que destapa los baños de otras personas, con toda la alusión a come mierda que significa esas pocas líneas. Cuando logró mejorar su situación para ofrecer una mejor vida a “su” familia, terminó trabajando todo el día, perdiendo el vínculo con su hijo. Eddie fue violentado por su propio padre, y había prometido no repetir lo mismo con su hijo. Nos enteramos de esto en el colofón de la serie.  Hay muchas líneas de lectura y debate sobre Adolescencia. Todas son interesantes, las redes sociales, la escuela, los jóvenes y adolescentes, la familia, y otros. Pero me gustaría señalar al final de esta nota, que en primer lugar use fuentes todas femeninas, ninguna de las notas (excepto los datos estadísticos y de Wikipedia) tienen un autor varón. Y finalmente que el susurro de fondo, en todo este recorrido se percibe la frustración masculina, una frustración que sin duda es absorbida en términos privados, personales, individuales, más allá que la suma de todo ese malestar conforme una comunidad de manes. Y que esa frustración al parecer en el siglo XXI, se la está apropiando los varones más jóvenes.

  Andrés Collado, abril 2025

The Guardian, Eva Wiseman, El miedo cotidiano a la violencia con el que toda mujer tiene que lidiar

Redacción, BBC News Mundo. Qué son los incels, el oscuro movimiento que aparece en la aclamada serie "Adolescencia" 

Unidad  Global de la BBC, Jacqui WakefieldCómo surgió la siniestra machosfera de la que habla la serie "Adolescencia" 

Elisa García Mingo, Del aislamiento a la violencia: qué nos enseña la serie ‘Adolescencia’ sobre la manosfera y los ‘incels’

Manisha Krishnan, Wired. El creador de Adolescencia se sumergió en la manosfera y lo que encontró le aterró 






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