La grieta política en Argentina

Durante la entrega de los Martín Fierro en el año 2013, Jorge Lanata recibía su premio a Mejor Labor Periodística por su programa Periodismo para Todos (PPT). En esa noche de agosto subía por segunda vez (de cuatro premios que recibiría el programa) y en las palabras de agradecimiento deslizó ese término que intenta explicar la división política, social, cultural y hasta afectiva que enfervoriza a la sociedad.  Y si bien, en esa misma intervención argumentaba que no era nueva, y que se podía rastrear en toda la historia del país, resulta que no toda la construcción política del país podemos encontrar una diferencia tan irreconciliable. En 1982 después de que la Junta Militar renuncia a su proyecto político de perpetuarse en el ejecutivo de Argentina, una euforia nacional unificó al país detrás del retorno a la democracia. También las reivindicaciones políticas, el juicio a las juntas militares, el alfonsinismo, el plan austral, por nombrar algunos rápidamente. Tenían detractores, correctores e intérpretes que jugaban en la arena de la retórica, del debate político. Ejemplo de esta convivencia política entre diferentes tuvo en el debate televisado sobre el canal de Beagle, un momento singular. El entonces canciller Dante Caputo y el veterano senador catamarqueño Vicente Saadi, jefe de la bancada de la oposición, argumentaron intensamente sobre el problema limítrofe, sin descalificaciones personales, ni agravios. Las diferencias estaban, las posiciones eran claras, pero en la sociedad la diferencia estaba diluida por la necesidad de recorrer el camino que sea, pero democráticamente. Y acá, hay que marcar un punto.  No, no siempre hubo grieta al menos en la historia más reciente de nuestra democracia.

El denominador común de esto que llamamos “la grieta”, esta sensación de división irreconciliable, tiene en la comunicación un lugar privilegiado que en no pocas ocasiones se pasa por alto. Estas diferencias son expuestas en el espacio público por la comunicación, en las redes sociales, los medios, el periodismo y por supuesto la política. Esto no quiere decir que sea una creación fantástica, innovadora o sin fundamentos, sucede que nuestra especie, desde que alcanzamos la capacidad y el sentido público de argumentar, ordenamos los hechos en el discurso bajo ideas y valores distintos. A esta instancia llegamos, contradictoriamente, con el acuerdo de que teníamos que subsistir y la evidencia demuestra que esta parte fue bastante exitosa.

Saltemos las referencias a la importancia que le dieron los griegos (y el mundo árabe) a la gramática y la retórica para aterrizar en la actualidad. Dominique Wolton, es un reconocido intelectual francés (nacido en Camerún) del campo de la comunicación, especializado en la comunicación política. Wolton propone pensar a la comunicación en el espacio público, como un ámbito simbólico donde confluye la sociedad civil y la sociedad política. Distinguir los tres momentos es fundamental, pero más aún, limitar las temáticas que pueden ingresar al espacio público. No porque piense que la censura sea el camino de la convivencia, sino para mantener la especificidad de la disputa política en las instituciones correspondientes, “…el riesgo es que el vocabulario y las dicotomías políticas invada todo el espacio público y se vuelvan el único modo de aprehensión de la realidad”. La idea es interesante porque de esta manera podríamos evitar trasladar elecciones personales y privadas (válidas en la sociedad civil) al ámbito público; y como consecuencia desdibujar la especificidad de la sociedad política. Pero este no es el camino que recorre Wolton.

Afiche sobre film que explora la campaña
presidencial chilena de 2013
 y la compleja relación entre la clase política
y la ciudadanía en medio de un período
de agitación social.

Lo que sigue es afirmar algo incómodo y poco popular. La culpa no la tiene la política, ni los políticos o las políticas, tampoco los medios, ni los periodistas, sino algo que construye la imagen de estos grupos de personas, la comunicación política. Relativicemos un poco la idea, las necesidades de los primeros recaen en la comunicación política que intenta con justa legitimidad persuadir al electorado que “su” candidato o candidata es mejor que el otro o la otra. Los y las profesionales de la comunicación política son quienes en primera instancia organizan la imagen del o la candidata, y tienen que hacerlo en un contexto sacudido por varias crisis que constituyen nuestro presente. La crisis del estado, la familia, la educación, el empleo, sumado a la digitalización de la vida, que agrega su cuota de incertidumbre y dudas sobre los horizontes de la realidad; la centralidad del mercado. Todo esto bajo la pérdida de importancia por los hechos, la verdad o alguna razón o acuerdo en lo que podamos confluir como sociedad. Un sentido en común.

En este escenario, la comunicación política actual, integró con notable éxito herramientas ancladas en los comienzos de la comunicación de masas del siglo XX, utilizando recursos de la propaganda. Es conocida la sistematización de Jean Marie Domenach, otro francés, sobre estas artes de la difusión de ideas. En el reconocido trabajo (La propaganda política) describe 5 reglas que podrían ajustarse perfectamente a las ideas políticas que circulan en el espacio público actual. Para citar sólo un ejemplo, la primera podemos reconocerla casi renglón a renglón; simplificación y creación del enemigo único. Las distancias son muchas entre la propaganda del principio del siglo XX y de la comunicación política actual, sin embargo, existe cierto consenso sobre la baja calidad de la discusión política, de su falta de profundidad y una celebración excesiva del pragmatismo. Sin contar de que el opositor u opositora pertenece al campo de los enemigos de lo que circunstancialmente se entienda por “patria”.  Incluso no parece muy desactualizada la definición de propaganda del mismo Joseph Goebbels considerando la exposición de ideas del debate político actual: “La esencia de la propaganda consiste en ganar gente para (nuestra) idea. (Y que esto se vea) de una forma tan sincera, tan vital que, al final, sucumba ante ella de tal manera que ya no la pueda abandonar nunca”


Dibujo satírico publicado en La Flaca el 1 de marzo de 1873.
A menos de un mes de su proclamación, la 
Niña Bonita de la República,
asentada sobre las Cortes Constituyentes, aparece dividida entre
 los 
unitarios y los federales
 (identificados con traje burgués y obrero, respectivamente),
 y estos entre los 
transigentes y los intransigentes
 
(representados por el perro enfrentado al gallo).



Puede parecer una exageración, una sobredimensión de algunos pocos hechos que consideramos para evaluar este fenómeno al que se le llama “La grieta”. Pero saliendo del ámbito político esta idea de simplificar la realidad y crear un enemigo en el opositor es rentable en otros ámbitos. En el deporte profesional, en el fútbol, también es posible de rastrearlo. En la comunicación del fútbol, en el relato futbolístico, reducir un torneo a la rivalidad de dos equipos suele ser muy rentable para todos los que intervienen. Si bien, se reconoce el escenario de fondo, tener dos equipos grandes, concentra la atención y ahorra esfuerzos en la selección de hinchadas. Simplificación y creación de un enemigo, es efectivo para generar volúmenes estadísticos los cuales se pueden monetizar, en votos o dinero. Pero este ejercicio genera un residuo, un desecho. Participar de uno de los polos de forma pasional genera seguridad, identidad, pertenencia en un tiempo donde todo esto es difícil de encontrar. Participar fervorosamente de la tribuna de River o de Boca (del equipo que sea), habitar solo uno de los espacios dentro de las tribunas, deja afuera al fútbol en su totalidad, en sus variantes y diferencias. El residuo es el fútbol como disciplina deportiva, así como en la política, lo público como espacio que teníamos en común, es el residuo de “la grieta”.   

Andrés Collado, agosto 2025

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