Fascinación por la técnica.
Quisiera retomar la idea de Arthur C. Clark sobre la relación entre las tecnologías avanzadas y la incomprensión, la sorpresa, el asombro que causa sobre nosotros el uso que hacemos de ellas. Para recordar la frase del autor de 2001, una odisea en el espacio: “Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.
Esta idea del
reconocido novelista proviene de tres leyes, expuestas en su libro de ensayos,
“Perfiles del futuro” editado en 1962 y traducido al castellano en 1973. En el
apartado “Riesgos de la profecía: el fracaso de la imaginación” presenta tres
leyes: “Primera ley: Cuando un científico eminente pero anciano afirma que algo
es posible, es casi seguro que tiene razón. Cuando afirma que algo es
imposible, muy probablemente se equivoca; Segunda ley. La única manera de
descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poco más allá, hacia lo
imposible; Tercera ley: Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es
indistinguible de la magia.” Las tres profecías de Arthur Clarke. Diario ABC, 19/07/2010
No importa en qué
momento nos encontremos de nuestra propia historia, los instrumentos técnicos
más avanzados nos remiten al pensamiento más primitivo que no deja de
habitarnos. La magia, el mito, lo esotérico, lo oculto, todo lo que no podemos
explicar con los recursos del conocimiento del que disponemos en el presente,
retoman un lugar resbaladizo, el de la adoración y el culto.
La fascinación
por la técnica existe en nosotros desde los primeros tiempos, y se ha hecho presente
en los actuales, con una antigua retórica de “reeducar a los infieles” y
condenar a los impíos a la desocupación, o peor, a la desactualización permanente
de su Iphone Operative System. Las intenciones de las siguientes líneas intentan
repasar algunos prodigios de la técnica con la idea de movilizar la curiosidad,
y sacudir el estado de estupor que nos causa la aparición de las novedades que
mueve la industri
a de las altas tecnologías.
Las baterías de Bagdad.
Dignas de una
historia de Indiana Jones, Las baterías de Bagdad son uno de los misterios
arqueológicos más singulares de la narrativa científica. En 1936, unos
trabajadores ferroviarios iraquíes desenterraron accidentalmente varias tumbas
antiguas en Khujut Rabu, cerca de las ruinas de Ctesifonte, una ciudad que
había sido capital de los imperios parto y sasánida.
La ciencia no
puede certificar que fueran usadas como baterías. Resulta que estas vasijas son
únicas, en ningún otro lugar se encontró algo parecido. Tampoco existen otros elementos, como electrodos, bornes, cualquier otra
cosa parecida a cables, no podemos concluir que fueran usadas como generadoras
de electricidad. Sin embargo, de las hipótesis que están en juego, una en
particular resuena muy bien con las ideas de este escrito. En un artículo de DW
sobre estas vasijas se lee:
Una de
las más llamativas –aunque también de las menos probables– plantea un uso
teatral en contextos religiosos: la escenificación de "trucos
eléctricos" en templos. Como explicó el arqueometalurgista Paul Craddock
en una entrevista con la BBC en 2003, se ha especulado con la posibilidad de
que una estatua conectada a estas vasijas pudiera administrar una descarga leve
a quien respondiera incorrectamente a un sacerdote. Un efecto divino, si se
quiere, destinado a reforzar la autoridad religiosa.
Este caso no es indicación de que las culturas involucradas (reconocidas
entre los años de 150 AC y 223 DC) conocieran los principios de la
electricidad. En la hipotética versión de que se usaran bajo las condiciones
del culto religioso, como artefactos que invocan a divinidades, esto probaría
un sentimiento que podemos reconocer como propio en el presente. La adoración,
la exaltación de la novedad técnica que promete redimirnos o salvarnos de
nuestra situación primitiva. El colofón de esta historia no termina en esta
pronta reflexión. De estas baterías sólo quedan las descripciones de Köning y
las fotografías tomadas en blanco y negro, debido a que la invasión que lideró
en 2003 los EEUU arrasó con el Museo Nacional de Irak, y junto a las pilas,
desaparecieron muchos otros objetos de la cultura mesopotámica.
El mecanismo de Anticitera.
Justo empezando
el siglo XX, en 1900, buzos con escafandras de cobre y gruesas mangueras,
gracias al azar de circunstancias climáticas poco comunes, encontraron un
naufragio antiguo cerca de las costas de una isla griega. Restos desparramados
de la carga que llevaba una antigua nave haciendo la ruta entre Grecia y Roma.
El lugar, la pequeña isla de Anticitera, situada entre Creta y la Grecia
continental. Recuperaron esculturas de mármol y muchos otros artefactos, en lo
que se reconoce como la primera excavación submarina de la historia. De esta
exploración, se extrajeron varios objetos curiosos y fueron catalogados en el Museo
Arqueológico Nacional de Atenas. Entre ellos un artefacto que a los meses de
haber sido extraído se rompe (en la actualidad consta de 82 fragmentos, sumando
al enigma, la complejidad de un puzle), revelando su interior. Un mecanismo muy
complejo, confeccionado con engranajes de bronce sumamente precisos.
La antigüedad del
mecanismo está datada entre los años 60 y 70 AC, probablemente más antiguo, 200
años AC. El artefacto calculaba con precisión los ciclos solares y lunares representando
movimientos en escalas de tiempo más amplias que el año solar. La técnica
sorprende a los investigadores, (algunas de las proyecciones que realizaron
sostienen que sobrevivió solo un tercio del mecanismo). El conocimiento de la
mecánica y principio de reducción de los engranajes, la transmisión de
movimientos precisos, esto en planos superpuestos como en las maquinarias de
relojería moderna; además de la traducción del relevamiento óptico de la cúpula
celeste a tal artefacto, sin dudas todo esto y lo que se descubre con el tiempo,
es un hecho de notable destreza de la ingeniería. Pero este logro técnico lo acompaña
además un desafío ecuménico:
Gran
parte del diseño del mecanismo se basa en la sabiduría de científicos de
Oriente Medio de épocas anteriores. La astronomía, en particular, experimentó
una transformación durante el primer milenio A. C. en Babilonia y Uruk (ambas
en el actual Irak). Los babilonios registraban las posiciones diarias de los
cuerpos celestes en tablillas de arcilla, lo que revelaba que el sol, la luna y
los planetas se movían en ciclos repetitivos, un hecho crucial para realizar
predicciones. La luna, por ejemplo, completa 254 ciclos con respecto a las
estrellas cada 19 años, un ejemplo de lo que se conoce como relación “periódica”[1].
El diseño del mecanismo de Anticitera utiliza varias de estas relaciones
periódicas babilónicas. “Maravilla del
mundo antiguo” en la revista Scientific American, vol. 326, n.º 1 (enero de 2022), pág. 24
En otro artículo
publicado e indexado en la biblioteca de Harvard, International Astronomical Union en 2011, sitúan la posibilidad de que el
aparato estuviese calibrado teniendo en cuenta el cielo astral de Siracusa. Debido
a la complejidad de los cálculos que requiere el movimiento de los engranajes y
que en la época quien fuera reconocido por esto es Arquímedes, celebrado
matemático y físico que dio reconocimiento a la ciudad siciliana; muchos
sospechan la existencia de un vínculo directo entre el artefacto y el
reconocido matemático. En este artículo, en uno de sus apartados, trata el tema
de los autómatas, nombra varios inventos de la antigüedad que incorporaban
complejos elementos de relojería para simular movimientos no solo astrales. Algunos
de los objetivos que movilizaban “mágicamente” estos objetos se encontraban contextualizados
en ámbitos de la ritualización o el entretenimiento, reforzando el poder político.
Autómatas.
![]() |
| Arquímedes. Retrato al óleo del gran matemático por Domenico Fetti, 1620, Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos Dresde. |
En las lecturas sobre mecanismos un nombre surge recurrentemente,
el de Herón de Alejandría. Herón vivió durante la primera centuria de la era
cristiana (fallece en el 70 D.C.) y no fue el primero en realizar autómatas,
resulta que la línea de creaciones mecánicas proviene desde siglos anteriores.
Los helenos dominaban estas técnicas, además de las matemáticas, ingeniería y
metalúrgica con fines prácticos, para construcción de puentes, templos, y
diferentes mecanismos para el desarrollo de su civilización. El despliegue de
maravillas autónomas acompañaba el desarrollo de su cultura. Estas creaciones
fueron usadas tanto en actos religiosos como de entretenimiento, y a veces como
en la actualidad, confundiendo las dos.
En un artículo
publicado por National Geographic, Paloma Ortiz, licenciada en filología
clásica y traductora de los tratados de Arquímedes dedica un artículo al genio
del pasado.
Matemático
e ingeniero, como sus predecesores, Herón no fue un gran creador. Él mismo
reconocía su deuda con quienes le precedieron, pues en el prólogo de su
Pneumática afirma que escribe porque «hay poner en orden lo que nos
transmitieron los antiguos y añadir lo que nosotros mismos hemos descubierto».
Escribió tratados sobre instrumentos de carácter práctico, como el dedicado a
la dioptra –un instrumento que se usaba para medir distancias angulares en
topografía y astronomía– o a la construcción de máquinas de tiro. Sin embargo,
los más recordados hoy en día son los que dedicó a la pneumática y la
construcción de autómatas, en los que se describen numerosos mecanismos ideados
por el propio Herón o perfeccionados a partir de modelos anteriores.
Quizás, nunca
estaremos seguros, le debamos a Herón la consecuencia buscada en la exposición
de un autómata, la sorpresa o el asombro. Este recurso proveniente del teatro
(o la teatralización) podemos considerarlos como antecedentes del shock
en el cine de acción o terror; y lo opuesto al efecto de distanciamiento o la
ruptura de la cuarta pared de Bertold Brecht. El shock, según los análisis de
Walter Benjamin, es el motor del distanciamiento: es el impacto que despega al
espectador de su asiento emocional y lo obliga a tomar una posición política y
racional. Del otro lado de esta idea, se encuentra Herón. Y volviendo a quien
nos ocupa en estas líneas, fue muy consciente en que el “efecto sorpresa” de
sus invenciones consistía en ocultar el mecanismo a la vez de convencer al
público de que no era posible que el artilugio escondiera a una persona en su
interior. El objetivo de estas maravillas mecánicas era conmover al público, de
convencerlo de que vivían en una de las sociedades más desarrolladas de la
historia.
Entre sus
proyectos encontramos «ritones mágicos» de los que mana agua, vino o una mezcla
de ambos; pájaros que emiten sus trinos cuando se acercan a beber, o jarras que
«cantan» cuando se las llena. Herón diseñó un método para que al abrirse la
puerta de un templo sonara una trompeta, e incluso un sistema de apertura
automática de las puertas de un templo cuando el sacerdote prendía fuego en un
altar para realizar un sacrificio; cuando el fuego se apagaba, las puertas se
cerraban. Hasta ideó una especie de «máquina tragaperras»: una vasija que
dejaba fluir el agua de las abluciones cuando se le echaba una moneda.
Estos mecanismos solían tener una doble exposición. Una que podríamos
denominar solo en la actualidad como “privada”, destinada a la comunidad de
técnicos, ingenieros matemáticos, etc y políticos, ciudadanos influyentes de la
sociedad. Un segundo momento “público”, destinado al resto de la sociedad
civil, enclavadas en templos o como artefactos para la representación de obras
teatrales (deux in machina). Esta presencia promovía los aspectos
cultuales del poder por medio de las máquinas.
Autómatas en la edad media
El desarrollo de
máquinas que simulan los movimientos o acciones de animales y personas tienen
una larga trayectoria en muchas sociedades antiguas. En occidente le otorgamos
un reconocimiento particular a Leonardo Da Vinci, no solamente por ser un
referente de la pintura renacentista sino por su códice que documenta el
conocimiento de variadas materias incluida la mecánica y la robótica. En más de
una entrevista el filósofo Enrique Dussel sostenía que la genialidad que le
otorgaba occidente a Leonardo estaba sobrevalorada; debida cuenta que su códice
no era otra cosa que la recopilación de escritos antiguos.
Antes de que
Leonardo Da Vinci pisara la tierra, durante la temprana Edad Media, alrededor
de 1206, un robotista árabe llamado Ismail al-Jazari escribió un libro titulado
“El libro del conocimiento de los ingeniosos dispositivos mecánicos” (el libro
puede bajarse desde este link). Este trabajo, también es el resultado de una
recopilación de un buen número de mecanismos ingeniosos de siglos anteriores, junto
a algunas creaciones del mismo autor. La sola existencia de ese libro da una
idea de la cantidad de artefactos de este tipo que se conocían desde esta fecha
muy temprana de la historia. Describe más de cincuenta dispositivos mecánicos y
autómatas, incluyendo relojes, máquinas para elevar agua, autómatas musicales y
robots humanoides.

Exposición de Karakuri en el Espacio Telefónica 2019
En oriente, en
tiempos más recientes, los mecanismos autónomos exponían sus funciones
“mágicas” destinadas al entretenimiento o a la admiración de las capacidades
artesanales que tenían siervos y vasallos. En Japón se los conoce como karakuri
ningyō, construidos principalmente de madera y datan de los siglos XVIII y XIX.
“Karakuri” se podría traducir como “aparatos mecánicos para producir sorpresa
en las personas”, y “ningyō” es sinónimo de “mascota”, “marioneta” o “títere”.
Dejando de lado nuestra pobre habilidad para el japonés, podemos considerar a
los karakuri ningyō como “marionetas mecánicas sorprendentes”. En la
actualidad, muchas de estas creaciones se muestran en galerías y museos exponiéndose como prólogo de la actual guerra
entre desarrolladores de robots asistentes.
En China, los
primeros mecanismos datan del siglo VIII AC. En un artículo de The World of Chinese, relata sobre un artefacto que fue usado
en un rito funerario. El nacimiento de la China imperial 200 años antes de la
era cristiana el desarrollo tecnológico había alcanzado un nivel de complejidad
bastante complejo. Figuras de 70 cm de alto con mecanismos de levas y aire
lograban emitir melodías para entretenimiento de las clases acomodadas y del
mismo emperador. Los mecanismos autómatas en el gigante de Asia estuvieron
presentes durante siglos, sin embargo, su desarrollo estuvo restringido.
En su obra pionera, Ciencia y civilización
en China , el erudito británico Joseph Needham propuso, entre otras
razones, que el
confucianismo y el
taoísmo , dos de las principales filosofías de la antigua China,
pudieron haber sido un factor cultural importante que obstaculizó la
exploración científica. El primero enfatiza el orden moral y la armonía social,
mientras que el segundo se centra en la armonía con la naturaleza y la no
intervención.
Más allá de cuál sea la
explicación, es probable que el “estancamiento” del desarrollo estuviese ligado
a múltiples razones, de las que se pueden sumar a las citadas, razones
burocráticas y de conservadurismo del poder de la sociedad China del momento.
El ajedrecista.

Reproducción de El Turco
De los autómatas con
más referencias en occidente, El ajedrecista, también conocido como El turco,
quizás sea la estrella pop de la literatura del siglo XX. Las reseñas a este
ingenio recorren varios autores y hasta un film[2].
Edgar Allan Poe le dedica un ensayo; El jugador de ajedrez de Maezel (1836), y
en este demuestra analíticamente que el mecanismo escondía una persona, y que
seguramente fuese un maestro de ajedrez. También es reconocida la cita en las
Tesis de filosofía de la Historia (1940) de Walter Benjamin, quien toma al
invento como la metáfora de los movimientos de la historia. En la superficie,
mecanismos asombrosos mueven las piezas del tablero, mientras un enano “giboso”
escondido en el mueble, es la fuerza intelectual y de trabajo, quien lleva por
delante la partida. Mas acá en el tiempo existe un mediometraje de 1981
dirigido por Juan Luis Buñuel (hijo de Luis Buñuel) basado en el escrito de Poe.
En el presente siglo Robert Löhr escribe una novela histórica, The Chess
Machine (2007), que recrea la vida de Von Kempelen (el maquinista creador de
“el ajedrecista”) y la creación del autómata como un engaño necesario.
La historia de
este invento comienza en 1770. El inventor húngaro Wolfgang von Kempelen
presentó ante la corte de María Teresa de Austria un ingenio mecánico
revolucionario: un autómata capaz de jugar al ajedrez contra oponentes humanos
y vencerlos. Conocido como El Turco, este supuesto prodigio de la ingeniería se
convirtió en una sensación en toda Europa, desafiando a figuras ilustres como
Napoleón Bonaparte y Benjamin Franklin. Sin embargo, la gran máquina ocultaba
un secreto: en su interior, escondido entre engranajes y trampillas, se hallaba
un ajedrecista humano controlando cada uno de los movimientos.
El autómata
estuvo en funcionamiento durante aproximadamente 84 años. Desde su primera
exhibición en 1770 ante la emperatriz María Teresa de Austria hasta su
destrucción accidental en un incendio en 1854, la máquina pasó por las manos de
varios propietarios que mantuvieron vivo el misterio[3]
En el libro, Los secretos de el Turco, escrito por Tom Standage recorre los
operadores principales del artefacto, desde la primera etapa con Von Kempelen[4],
hasta sus exhibiciones finales. Sin embargo, muchos nombres se perdieron en la
historia y se mantuvieron en secreto absoluto.
El escrito de
Standage argumenta que la ilusión de El Turco era necesaria para explorar los
límites entre humanos y máquinas durante la Revolución Industrial, alimentando
la fascinación por la automatización del pensamiento racional. Además, la
máquina satisfacía el deseo de maravilla científica del siglo XVIII y sirvió de
inspiración para pioneros como Charles Babbage, famoso matemático.
El retorno de la
magia.
De repente se
torna sorpresivo que los nuevos gurúes del mundo contemporáneo estén vinculados
a ideas que parecían quedar en el pasado. Peter Thiel, alcanzó el título de
master en ajedrez antes de cumplir sus 21 años, estudió derecho y filosofía,
reconocido empresario de la polémica empresa Palantir; defiende ideas
mesiánicas sobre el anticristo y el apocalipsis global. Así también Javier
Milei, presidente anarcocapitalista mezcla una verborragia supuestamente
académica con planteos milenaristas del judaísmo ortodoxo. Sam Altman, Elon
Musk, Anthony Levandowski (Ex-Google/Uber), Ray Kurzweil (Futurista e ingeniero
de Google), Balaji Srinivasan (Ex-CTO de Coinbase). Todos protagonistas de lo
que ya se considera una nueva revolución técnica y política, quienes conocen
los secretos internos de la nueva maquinaria, a la vez promueven a la vez una
visión mágica del proceso histórico.
Y está bien que
entre magia y religión hay una distancia. Pero ese “gap” entre una y otra, tal
como entendemos el mundo hoy, se mide por las intenciones. La magia entretiene,
sabemos que lo que sucede frente a nosotros es una ilusión. Podemos ver que se
reproducen billetes, pero de alguna manera deducimos una ilusión. Como en el
ensayo escrito por Edgard Alan Poe, el pensamiento racional nos dice que no puede
ser real. ¿Qué sucedería si fuese real la reproducción mágica del dinero? Quien
poseyera esa capacidad sería dueño de algún banco, resolvería los problemas
económicos del mundo, generaría nuevas discusiones filosóficas. Nada de esto sucede, fuera de la ilusión prestada. La experiencia en el
mundo contemporáneo dice que no funciona de esa manera, que de hecho es más
difícil conseguir dinero para un grupo mayoritario de personas. La magia se
separa de la religión y del pensamiento esotérico en la época de la
ilustración, y en el presente es parte de la sociedad del espectáculo que se
configuró en el siglo XX. 
Representación de una piedra Palantiri
Cuando una piedra no está enfocada, o
cuando el usuario es débil, la piedra parece
contener sólo "sombras" o
una niebla oscura.
La religión con
su primera acepción se entiende de otra manera. Para el RAE, religión es el
conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de
veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y
social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para
darle culto. En la religión juega el poder para dar un orden, y no un poder
místico; sino un poder sociológico, un poder que convierta, produzca y domine. En
la magia puede existir asombro, admiración, de nuevo ilusión, pero no existe
dominio. Salvo en algunas excepciones, excepto en algunas ocasiones. Cuando el
truco es nuevo, cuando sorprende al creador la propia creación (como el monstruo al
Dr. Frankestein, como Pinocho al carpintero Gepeto, como los replicantes en Bladerunner) cuando el artilugio goza de
la incomprensión de las masas, (incluso de la sorpresa de sus propios
creadores), la magia retorna a la religión amenazando con una nueva edad
oscura.
[1] El
"ciclo periódico" (generalmente referido como mes sinódico) dura
aproximadamente 29,5 días y marca el tiempo entre dos fases iguales (de luna
llena a luna llena), el ciclo metónico dura 19 años y marca el tiempo que tarda
la Luna en volver a tener la misma fase en la misma fecha del año. En la nota
transcripta parece referirse al ciclo metónico, más allá que en el texto
original en inglés utilizan el término de “period relation” y no “Metonic
cycle”.
[2] El film corresponde a "El
jugador de ajedrez" (Le
Joueur d'échecs), una película muda francesa de 1927 dirigida por Raymond
Bernard. Existe también un remake sonoro de 1938, dirigida por Jean Dréville,
que sigue la misma premisa histórica que la anterior. Link del reboot.
[3]
Wolfgang von Kempelen: El inventor y primer dueño. Conservó la máquina hasta su
muerte en 1804.
Johann Nepomuk Maelzel: Tras la muerte de Kempelen, Maelzel compró la máquina al hijo de Kempelen. Maelzel fue el dueño durante la etapa más famosa de exhibiciones en Europa y América. Eugene de Beauharnais: Entre 1809 y 1812, Maelzel vendió la máquina a Eugene de Beauharnais, el hijastro de Napoleón. Eugene la mantuvo en su palacio de Milán y luego en Múnich. Posteriormente, Maelzel la recuperó mediante un acuerdo de recompra. John Ohl: Tras la muerte de Maelzel en 1838, Ohl, quien era acreedor de Maelzel, adquirió la máquina en una subasta en Filadelfia. En 1840, Ohl vendió la máquina a Mitchell, quien la restauró y la exhibió en Filadelfia. The Turk Tom Standage. The Life and Times of The Famous Eighteenth Century Chess Playing Machine. Library of Congress Cataloging-in-Publication Data
[4] Los operadores documentados fueron: Johann Baptist Allgaier (el más famoso de la etapa europea), William Schlumberger (el principal durante la etapa americana), Jacques-François Mouret (quien reveló el secreto), William Lewis (maestro inglés), Aaron Alexandre, Hyacinthe Henri Boncourt, Peter Unger Williams. En el libro se menciona que hubo otros jugadores menores o locales contratados para exhibiciones puntuales en ciudades específicas, pero los nombres citados, son los que Standage utiliza para estructurar la narrativa del éxito de la máquina.







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